Por Antonio Garcia Sancho
No sucede nunca, porque Papá Noel no se deja ver fácilmente. Pero para todos los niños, sería un sueño abrir la puerta de su casa y ver ante ellos a Santa Claus.
Para todos, menos para la pequeña Katrina Yuzefpolsky, de 8 años, que tuvo la mala suerte de que a ella sí le sucediera. Ella fue la que aquella Nochebuena de 2008, escuchó el timbre de la casa y corrió hacia entrada, encontrándose, al abrir, cara a cara con Papá Noel. Esa podría haber sido la última imagen que viera en su vida, porque el hombre sacó de su bolsillo algo que no era un regalo, sino una Beretta de 9 mm., con la que disparó a la niña en la cara. Así comenzó La Masacre de Covina.
Un psicópata con muchas relaciones… ¿sentimentales?
No era Papa Noel quien había visitado la casa de los Ortega, aquella noche del 24 de diciembre de 2008 en Covina, un suburbio de Los Ángeles (California, EEUU). En realidad, se trataba de Bruce Jeffrey Pardo, un ingeniero eléctrico de 45 años que había trabajado hasta hacía poco en el prestigioso Jet Propulsion Laboratory. Un sujeto aparentemente tranquilo, simpático e inteligente, pero que ya había dado sobradas muestras de su comportamiento narcisista y psicopático antes de aquellas Navidades.
Años antes, en 1989, abandonó a su prometida, Delia, en el altar frente a 250 invitados y robándole, de paso, todos sus ahorros para irse de vacaciones. A principios de los 90, otra novia suya Tina Westman casi muere ahogada durante una excursión de rafting, y Pardo, en lugar de ayudarla, se rió a carcajadas de la torpeza de la chica, evidenciando una grave carencia de empatía afectiva. Un desapego emocional que se manifestó, una vez más de forma extrema, en su relación con Elena Lucano y su hijo Matthew. En 2001, mientras Pardo veía la televisión, su hijo de 13 meses cayó a la piscina y sufrió un daño cerebral severo que lo dejó parapléjico. Pardo abandonó al niño y a su madre poco después y nunca les visitó ni contribuyó económicamente a su cuidado.
Su última pareja había sido Sylvia Ortega. La relación comenzó en 2004 y se casaron en 2006. Tras el matrimonio, la personalidad de Pardo cambió; se volvió autoritario, perezoso, frío y tacaño. Sylvia advertía cada vez más la falta de cariño y de consideración de su marido, hasta que, un día, llegó a su punto de saturación cuando su suegra, la madre de Pardo, le reveló la existencia del hijo discapacitado abandonado. Esto fue demasiado para Sylvia, que solicitó el divorcio en 2008. Este hecho, sumado a un despido de su empresa en julio de ese año, acusado de fraude por facturar más horas de las trabajadas, supuso el catalizador de lo que terminó en tragedia. El 18 de diciembre de 2008, apenas una semana antes del ataque, se hizo efectivo el divorcio. Las condiciones obligaban a Pardo a pagar a Sylvia Ortega 10.000 dólares y renunciar a determinados bienes personales. Pardo se vio en la calle, económicamente arruinado y humillado y decidió poner fin a esa situación matando a Sylvia y a toda su familia política. O tal vez lo llevaba planeando desde que Sylvia anunció que le dejaba.
Un crimen premeditado
Pardo nunca llegó a pagar los 10.000 dólares a Sylvia. El día de la matanza llevaba pegado al cuerpo con celofán todo el dinero que tenía, 17.000 dólares, con los que pensaba escapar del Estado o, tal vez, del país. Pero el plan nació mucho antes.
Los datos que prueban que la matanza no fue un acto impulsivo, sino un crimen meticulosamente premeditado durante meses con el propósito de vengarse de Sylvia, son numerosos. En el transcurso de seis meses, desde que fuera despedido y ya con la solicitud de divorcio interpuesta por su mujer, Pardo fue adquiriendo un arsenal formidable, todo de manera legal para no llamar la atención de nadie, incluyendo cinco pistolas semiautomáticas de 9mm y dos escopetas, junto con cientos de municiones.
El disfraz de Santa Claus, que costó 300 dólares, fue confeccionado a medida con un doble propósito: ocultar su identidad ante posibles supervivientes y utilizar el simbolismo festivo para maximizar el terror psicológico.
Además, Pardo fabricó un lanzallamas casero utilizando un compresor de aire rodante modificado para rociar combustible de alto octanaje. Su plan incluía una compleja estrategia de huida: había alquilado varios vehículos y comprado un boleto de avión, posiblemente como pista falsa, para huir a Moline, Illinois, o Canadá. La investigación reveló que su venganza no se limitaba a la familia Ortega; también planeaba asesinar al abogado de Sylvia, Scott Nord, y a su propia madre, Nancy Windsor, quien se suponía asistiría a la fiesta.
Esa carga de munición y de odio, fue la que Bruce J. Pardo llevaba con él, cuando irrumpió en la fiesta de Nochebuena de su ex familia política, vestido con un traje de Santa Claus.
La Masacre
Cuando la pequeña Katrina abrió la puerta, Pardo extrajo dos pistolas y le disparó a la niña en pleno rostro. Luego, ya dentro del inmueble, comenzó a disparar indiscriminadamente contra los invitados, moviéndose con frialdad y ejecutando a varios de ellos a corta distancia.
Tras el tiroteo inicial, Pardo desenvolvió otro de sus "regalos" preparado para aquella noche y sacó el lanzallamas, rociando combustible de alto octanaje por toda la casa. Pero el asesino no lo había calculado todo, como comprobó de inmediato. El combustible entró en contacto con una llama abierta dentro de la residencia (posiblemente una vela, de las que todos ponemos en abundancia en Navidad), provocando una violenta explosión masiva que incendió el inmueble e hirió al propio Pardo, al explotarle en las manos el lanzallamas, causándole quemaduras de segundo y tercer grado en brazos y piernas y fundiendo restos del pantalón y las botas del traje de Santa Claus a su piel. Gravemente herido, Pardo se cambió de ropa y huyó en su Dodge Caliber alquilado hacia la casa de su hermano en Sylmar, a más de 50 kilómetros de Covina.
Entretanto, los vecinos habían escuchado los disparos y la explosión, avisando a los bomberos, que destinaron 80 efectivos al siniestro, a pesar de lo cual tardaron más de hora y media en controlarlo.
El balance de la masacre.
Como consecuencia del ataque de Bruce Jeffrey Pardo a su exfamilia, tres personas resultaron heridas, incluida Katrina, que sobrevivió milagrosamente a la herida de bala en el rostro; nueve fallecieron. La identificación de las víctimas fue un proceso complejo debido a que los restos estaban carbonizados por el voraz incendio, requiriendo autopsias y registros dentales. Finalmente, se logró identificar a la exesposa de Pardo, Sylvia Ortega Pardo (43 años), sus exsuegros, Joseph S. Ortega (80) y Alicia Sotomayor Ortega (70), y seis miembros más de la familia, incluido Michael Andre Ortiz (17), su sobrino político. Las autopsias revelaron que algunos murieron solo por disparos (como Sylvia y Alicia Ortega, madre), mientras que otros murieron por la combinación de heridas de bala e inhalación de humo y llamas.
Aún debemos contar como un milagro que la mitad de los invitados de esa noche, sobrevivieran a las balas y al fuego sin consecuencias físicas graves.
Por lo que respecta al asesino, alrededor de las 3:30 AM del 25 de diciembre, el hermano de Bruce lo encontró muerto en un sillón; Pardo se había suicidado con un disparo en la cabeza. Los investigadores concluyeron que la gravedad de sus quemaduras le impidió abordar el avión y huir del país, por lo que, viéndose acorralado, herido y sin posibilidad de huida, optó por el suicidio.
La policía encontró su vehículo de alquiler, el Dodge azul, con restos del traje quemado de Santa Claus, el cual estaba manipulado con un artefacto explosivo para detonar con pólvora negra si se intentaba retirar la evidencia, una trampa que activaron los oficiales al manipular el vehículo. También se encontró un segundo vehículo alquilado cerca de la casa del abogado de su exesposa, confirmando que Nord era su siguiente objetivo.
Repercusión Mediática
La Masacre de Covina, perpetrada en Nochebuena y con el asesino disfrazado de Santa Claus, provocó un profundo impacto mediático, siendo rebautizada como el "Caso del Santa Claus Asesino". La noticia despertó un gran morbo a nivel local e internacional, obligando a la policía a realizar ruedas de prensa.
La tragedia dejó a la comunidad horrorizada. Sin embargo, los supervivientes mostraron una notable resiliencia. Leticia Yuzefpolsky, madre de Katrina, tomó la decisión de ser un ejemplo de seguridad y amor para los niños, mientras que Katrina, la niña de 8 años que sobrevivió al disparo en el rostro, se convirtió años más tarde en activista contra la violencia armada, negándose a que el trauma controlara sus vidas.
El horror del evento también trascendió a la cultura popular. El guionista Jayson Rothwell basó la película Silent Night (2012) en la Masacre de Covina, reflejando fielmente los hechos reales del caso Pardo en la escena en la que un Santa con un lanzallamas se fusiona con su traje por las quemaduras.
Últimas consideraciones
Desde una perspectiva criminológica, la Masacre de Covina es un caso ejemplar de homicidio masivo doméstico o familicidio, impulsado por una combinación letal de patología de personalidad y factores estresantes. Se trata de casos donde la violencia, dirigida específicamente contra la pareja o ex pareja del perpetrador, se extiende a hijos, familiares o amigos íntimos, que acaban siendo víctimas vicarias del agresor. En el caso de Pardo, el momento elegido para la acción permitió que adquiriera, también, los tintes de un asesinato en masa.
El caso Covina subraya, además, la extrema letalidad de los tiroteos masivos domésticos. Los tiroteos masivos relacionados con violencia doméstica tienen una Tasa de Fatalidad de Casos (CFR) significativamente más alta (83.7%) que aquellos no relacionados con violencia de género (63.1%), lo que sugiere que el perpetrador en estos casos tiene una intención más dirigida y deliberada de asegurarse de que las víctimas mueran.
Este caso es, al mismo tiempo, un sombrío recordatorio de que el riesgo de violencia extrema a menudo se gesta en el ámbito privado, y que su ejecutor no se despierta, un buen día, decidiendo ser un asesino, sino que hay una escalada psicológica y delincuencial que, partiendo de patrones de abuso emocional y negligencia, avanza hacia el homicidio o la aniquilación total cuando el perpetrador pierde el control que tanto valora.




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