Por Antonio García Sancho
Carmen Merino Perelló tenía 24 años y un embarazo de ocho meses. En la casa habían entrado ya, pues apenas le faltaban unas semanas para dar a luz a su segundo hijo, la ropita de bebé, la cuna, los regalos de algunos amigos y familiares. También había entrado en esa casa la ilusión lógica de una madre. Pero una mañana de noviembre, Carmen se evaporó. No hubo maletas, no hubo notas de despedida. Toda su documentación, su dinero y su ropa se habían quedado en el piso. También se quedó su hija de apenas un año.
Su marido, Pedro José Nueda, cruzó las puertas del cuartel de la Guardia Civil para denunciar una desaparición incomprensible. Lo hizo con el semblante de un hombre abatido, arrastrando los pies, aunque presentando un relato coherente y perfectamente estructurado en la cabeza. Según su versión, la noche anterior habían mantenido una acalorada y amarga discusión. Al amanecer, ella habría decidido marcharse por su propio pie, abandonándolo a él, a su hija y a la vida que habían construido. Nueda se calzó la máscara del marido abandonado, del hombre traicionado que ahora debía ejercer de padre coraje.
Sin embargo, la familia de Carmen no le creyó. Desde el primer minuto sospechó que aquel relato era una farsa macabra. Una madre a punto de dar a luz no se marcha descalza, dejando atrás a una bebé de un año. No había motivos, no había nada que hubiera despertado un atisbo de alarma en la familia. Y no se equivocaban.
Comenzó entonces un macabro teatro que duraría cuatro interminables años. El caso saltó a los medios de comunicación y Pedro José Nueda acudió, “desesperado”, a un plató de televisión, el del programa Quién sabe dónde, que presentaba el periodista Paco Lobatón y que se encargaba de realizar un servicio social intentando encontrar, con ayuda de la audiencia, a personas desaparecidas que pudieran estar en peligro o, sencillamente, que hubieran perdido sus facultades y no pudieran o no supieran regresar a casa. Pedro Nueda resultaba convincente: quería a su mujer, cuidaba de su pequeña hija de un año, ya casi dos, imploraba a su mujer que regresara.
Durante varios años, Pedro José Nueda interpretó el papel de su vida. Reconstruyó su rutina, paseó por las mismas calles, recibió las miradas de compasión de los vecinos y crió a su hija bajo la sombra de la supuesta "mala madre" que había huido. Sin importarle demasiado ni afectarle en absoluto, Nueda dormía, comía y sonreía en el mismo espacio donde había desatado el horror.
Pero tampoco le creyó la Guardia Civil. Mientras el viudo impostor continuaba con su farsa, el Grupo de Homicidios trabajaba en silencio. Los investigadores, guiados por la intuición policial y el tesón de una familia que se negaba a olvidar, comenzaron a acorralar al marido y a hacer más evidente sus mentiras. Nueda era escurridizo, un manipulador narcisista convencido de que su inteligencia superior le había permitido cometer el crimen perfecto. Pero no hay crimen perfecto, solo investigaciones inacabadas.
![]() |
| La víctima, Carmen Merino Perelló |
La presión fue cercando al sospechoso. En 1999 los investigadores tenían el caso casi armado por completo. Un día, uno de los investigadores puso la televisión y vio como Pedro José Nueda acudía, otra vez, a un plató. En esta ocasión se trataba de Para toda la vida, un programa en el que varias parejas competían por un premio consistente en ayudas para la boda. El primer premio pagaba un viaje al Caribe para la luna de miel, el tercero, el que ganó Nueda, un banquete para 200 personas. Un grupo de famosos juzgaba, tras observar las respuestas a una batería de preguntas que intentaban demostrar el alto conocimiento y grado de intimidad que las parejas tenían el uno del otro, cuál merecía el premio. Nueda había rehecho su vida y tenía una nueva pareja, con la que ya tenía planes de boda.
Allí se enteraron los investigadores que la fecha para esas nupcias ya estaba fijada: para diciembre de ese año. Temieron, entonces, que Nueda aprovechara la luna de miel para huir, y decidieron detenerle.
La investigación que habían llevado a cabo los policías y que continuaron tras la detención, consiguió probar que Nueda, aquella noche, había discutido con Mari Carmen Perelló porque pensaba que el hijo que ésta esperaba no era suyo. Acusaba a su mujer de haberle sido infiel la rabia por aquella supuesta infidelidad le llevó a estrangularla. Pero no solo la había asesinado, sino que, en un acto de fría monstruosidad, destinado a borrar cualquier rastro biológico de su crimen, había convertido el hogar familiar en un matadero. Descuartizó el cuerpo de su esposa embarazada y se deshizo de los restos con una precisión clínica, utilizando productos químicos para disolver la carne y el hueso. Los restos, los enterró metiéndolos en una bolsa de basura.
La revelación de que aquel supuestamente amable vecino y padre abnegado, era en realidad un carnicero sin escrúpulos, le valió el apodo con el que pasaría a la crónica negra de España: "el descuartizador de Mislata". Fue condenado a 20 años, una condena que pareció escasa a los familiares de Mari Carmen. Sin embargo, el Supremo, al revisar la condena, la rebajó a 15 años, lo que iba del asesinato al homicidio, puesto que consideró probado que había habido una discusión previa que había motivado
Monstruos bajo los focos: Otros asesinos frente a las cámaras
El caso de Pedro José Nueda pertenece a una categoría psicológica criminal peculiar: la del asesino que finge dolor, ignorancia o abandono para mimetizarse con la sociedad, engañando a su entorno más cercano y a las autoridades. Sin embargo, existe un peldaño aún más perturbador en el abismo de la psicopatía: aquellos criminales que no solo mienten a sus vecinos, sino que deciden desafiar a la verdad subiéndose a un plató de televisión, buscando el aplauso, la redención pública o el simple control de la narrativa de sus crímenes.
· Roberto Pérez y el plató ensangrentado de "El diario de Patricia" (2007): Este caso representa una de las páginas más negras de la televisión en España. Ricardo Navarro (frecuentemente referido en crónicas locales como Roberto) acudió al famoso programa de testimonios de Antena 3. Bajo los focos y ante millones de espectadores, el programa preparó una "emboscada" romántica para intentar reconciliarlo con su expareja, Svetlana Orlova, una joven rusa de 30 años que residía en Alicante y que ya lo había denunciado por maltrato. Ante las cámaras, Svetlana, visiblemente incómoda, rechazó de forma tajante su propuesta de matrimonio y sus peticiones de volver. Solo cuatro días después de emitirse aquel espectáculo televisivo, el agresor, herido en su narcisismo público, la buscó en su domicilio y la degolló. La televisión sirvió en este caso como el catalizador definitivo de la frustración criminal.
· Cyril Jaquet Merino y la mentira del "reality" (2009): Cyril se presentó ante España en el concurso de Atresmedia "La vuelta al mundo en directo". Alto, atractivo y con una aparente historia de superación, se introdujo al público afirmando que era un chico "huérfano". Sin embargo, la audiencia de Benijófar (Alicante) se estremeció al ver su rostro sonriente en la pantalla. Quince años antes, el 1 de agosto de 1994, Cyril —siendo apenas un adolescente de 15 años— había asesinado fríamente a sus padres a tiros, con cuatro horas de diferencia entre una ejecución y otra, esperando a que llegaran a casa. Al haber cometido el parricidio siendo menor, cumplió una condena en un centro de internamiento bajo la antigua ley y rehízo su vida. Su descaro al querer convertirse en una celebridad televisiva provocó tal oleada de indignación que la productora tuvo que expulsarlo de inmediato del concurso al destaparse su atroz pasado.
· El Destripador de Lisboa y el plató de "Casos Arquivados": Este asesino en serie aterrorizó Portugal entre 1992 y 1993, asesinando y mutilando a tres prostitutas en la capital lusa. El caso se cruzó con la televisión años después. En 2011, un hombre llamado José Guedes fue denunciado por su propio hijo tras ver ambos un programa de televisión sobre crímenes sin resolver (Casos Arquivados). Guedes llegó a jactarse en círculos íntimos, y posteriormente ante las cámaras, de ser el autor de aquellos crímenes, buscando la notoriedad que el anonimato le había arrebatado. Aunque los delitos ya habían prescrito según la legislación portuguesa, demostró que, para el asesino narcisista, la fama —incluso la de un monstruo— es más tentadora que el silencio.
· Otros actores de la infamia: Ana Julia Quezada y José Bretón: Aunque no acudieron a programas de entretenimiento o concursos, estos criminales convirtieron los micrófonos de los informativos en su propio escenario dramático, al igual que hizo Nueda en su barrio. Ana Julia Quezada lloraba desconsolada ante las cámaras de televisión y portaba camisetas con la cara del pequeño Gabriel Cruz, concediendo entrevistas mientras ella misma lo mantenía enterrado en su finca. José Bretón comparecía ante los medios con una calma pasmosa, guiando a la policía en la simulación de la pérdida de sus hijos Ruth y José en un parque cordobés, cuando en realidad los había calcinado en una pira en la finca familiar de Las Quemadillas.


Comentarios
Publicar un comentario
¿Quieres comentar esta entrada?