El Destripador de Lisboa (Parte II: Confesión)

Por Antonio García Sancho
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A pesar de lo que podemos leer en las crónicas al uso que salpican internet (y no son demasiadas en comparación con otros delitos de la misma índole acaecidos en otras latitudes), el Destripador de Lisboa no fue tan cuidadoso como para no dejar rastro alguno, como sostienen todas ellas. La Policía Judial (PJ), logró colectar algunas pruebas en la escena de los crímenes que confiaban en que pudieran ayudar a esclarecer los hechos.
La primera fue una huella palmar ensangrentada que quedó impresa en una pared y que no pertenecía a la víctima. La segunda prueba era la colilla de un cigarrillo, en cuyo filtro podría encontrarse ADN, así como algunos vellos púbicos que se encontraron en el abdomen de una de las víctimas; evidencia número tres. No obstante, este tipo de análisis, que en Gran Bretaña se vienen realizando desde 1986, en Portugal no se aplicó hasta bien entrados los noventas, cuando se crea el Laboratorio de Policía Científica de la PJ. Estas evidencias no han ofrecido, por el momento, ningún resultado que ayudara al esclarecimiento del crimen. Incluso si, en el futuro, el cotejo de tales pruebas con nuevos datos condujera a algún resultado positivo y se pudiera identificar a quien dejó estas evidencias en la escena del crimen, tales conclusiones no podrían emplearse ya con fines sancionadores, sino que sólo podrían servir para arrojar luz sobre el caso, sin consecuencias de punición sobre el sospechoso.

Sospechosos tampoco faltaron. La PJ, interrogando a otras prostitutas, a expertos peritos y a posibles testigos, acabó vigilando como sospechoso a un estudiante de medicina que realizaba prácticas en el Instituto Nacional de Medicina Legal y cuyo comportamiento, ciertamente, se apartaba de lo común, ya que se probó que se apoderaba de órganos que sustraía de los cadáveres de la institución. El estudiante viajó a Australia y la PJ pinchó el teléfono de su madre, con la que se comunicaba a menudo, sin que las escuchas, finalmente, ofrecieran ninguna vía a la investigación.
Se persiguió, también, a algunos clientes de las prostitutas de la zona cuyo comportamiento era violento, bizarro o extravagante. Se elaboró el retrato robot de uno de ellos, un hombre de entre 30 y 40 años, 1,75 metros de estatura, de cabellos morenos, y también otro de un varón de 35 años y una altura similar, entrado en carnes y de ojos oscuros, que llevaba bigote.
José Pedro Guedes
Se investigó, igualmente, la carta de un emigrante portugués residente en Alemania, Aquilino Domingues Joao, que aseguró que sabía quién era el destripador y se intercambió información con la policía de otros países sobre las fichas de criminales de esas nacionalidades que pudieran, eventualmente, haber viajado a Portugal en esos años y un psiquiatra forense elaboró un perfil -pensamos que con más prejuicios que aciertos- en el que supuso que el Destripador era un homosexual que no había asumido su condición, lo que provocaría en él problemas de impotencia y reacciones violentas ante comentarios jocosos de las prostitutas. Más cerca podría estar el perfil de la propia PJ en el que se definía al criminal como un asesino del tipo “hedonista”, que erotizaba el momento de la muerte, que escogía a las víctimas por su vulnerabilidad y que era geográficamente estable o, en otras palabras, residía, trabajaba o realizaba sus actividades cotidianas en las inmediaciones del lugar donde aparecieron los cadáveres. En ningún caso estuvo la policía tan cerca de creer que había localizado al asesino, como cuando, ya prescritos los crímenes, volvieron a ponerse de actualidad gracias a un Reality Show televisivo y el eco que la historia recibió por parte de una periodista del diario O Sol.

Se terminaba ya el mes de noviembre del año 2011. Los productores de un programa de televisión llamado “La Casa de los secretos”, (Casa dos Segredos) preparaban una nueva edición del programa. Éste consistía, básicamente, en una especie de Gran Hermano (Big Brother), en el que los concursantes convivían durante un tiempo encerrados en una casa llena de cámaras gracias a las cuales el público puede seguirlos a todas horas. La peculiaridad del programa (y a lo que es debido su nombre) es que los participantes tienen que ser poseedores de un secreto, el cual deben adivinar el resto de concursantes.
A las pruebas de selección de ese año, se presentó un joven, espigado y moreno, que se llamaba Pedro Joel Guedes. Su secreto debió sorprender a los responsables del cásting, sin duda: decía que podía revelar la auténtica identidad del Destripador de Lisboa, que cometió los tres asesinatos de 1992 y 1993. Se trataba de un trabajador de la construcción civil (recuérdese que los asesinatos tuvieron lugar cerca de las obras de un puente ferroviario) de 46 años, que vivía en Matosinhos pero que, en el momento de los crímenes, estaría viviendo en Lisboa. Más aún: era el padre del propio Pedro Joel: José Pedro Guedes.
Pedro Joel Guedes
Pese a que la historia debió impactar a los productores del Reality, o bien no la creyeron, o bien pensaron que les comprometía demasiado, o bien comprendieron que era algo excesivo para la frivolidad de un concurso de televisión. Fuera por esas razones o por otras que no conocemos, la productora no admitió a Pedro como concursante. Algo que el chico no debió tomarse demasiado bien, porque, con el propósito, al parecer, de lograr la repercusión mediática que no había conseguido en televisión, tomó contacto con una periodista del diario O Sol, Felicia Cabrita, que creyó la historia y entrevistó, en varias ocasiones, durante la semana del 23 de noviembre, a José Guedes, el presunto Destripador de Lisboa. Ese día, José Guedes confesó que su hijo decía la verdad, él era el asesino de prostitutas que la policía no había logrado identificar en 18 años. Como “guinda del pastel”, de paso confesó dos crímenes más: uno perpetrado en Aveiro, en enero de 2000 y otro cometido en Alemania de 2004, a la que emigró en busca de trabajo. Más aún, amenazó con seguir matando, en un mensaje SMS enviado a la redactora del diario O Sol. La PJ también se lo tomó en serio y, en cuando tuvo noticia de ello, a través del diario, de la existencia de José Guedes, le detuvo. El asunto era tan jugoso que los medios se lo disputaron como pudieron. El 30 de noviembre, mientras O Sol diseñaba la estrategia de publicación del material que tenía sobre José Guedes y preparaba un auténtico Scoop, el Correo de la Mañana se le adelantó y publicó la noticia de la detención de José Guedes, autor confeso de los crímenes del Destripador. El diario O Sol tuvo, entonces, frustrada la primicia, que recurrir a la artillería: publicó su material exclusivo: las entrevistas de su reportera con José Guedes. Para evitar más filtraciones, lo hizo al día siguiente del bombazo del Diario de la Mañana: el 1 de diciembre.
Entretanto, el juez decidía mantener en prisión a José Guedes porque, aunque los crímenes canónicos del Destripador habían prescrito, el cometido, según él mismo afirmaba, en 2000, aún estaba vigente.

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