Por ANTONIO GARCÍA SANCHO
A pesar de estar ampliamente extendida la aceptación como elemento eficaz de identificación forense de la dactiloscopía, palametoscopía (referida a la palma de las manos) y la pelmatoscopía (huellas plantares), existe una enorme reticencia, cuando no desconocimiento sobre otros elementos lofoscópicos como la Queiloscopía (huella labial) y la otoscopía (obtención de otogramas o “huellas de la oreja”.
La mayoría de los estudios serios realizados en el sentido de probar su alto grado de equivalencia con las huellas dactilares han obtenido buenos resultados, pero se dan circunstancias curiosas: los estudios de queiloscopía han sido realizados sobre todo por dentistas, los cuales no tienen conocimientos profundos de ciencia forense como para valorar correctamente esos resultados y, en lo que se refiere a la otoscopía, el único proyecto e investigación seria es la del FEARID y van der Lugt. Parece no haber interés.
Los expertos forenses desconfían, pero no se han planteado, con la misma insistencia que en otros campos, realizar una comprobación de los resultados o diseñar proyectos con condiciones controladas por ellos para probar la eficacia o desechar las conclusiones de los que sí lo investigaron.
Por otra parte, las policías la utilizan, aunque con distinta suerte en según qué juzgados.
El primer caso que se conoce en el que se aplicó este sistema tuvo lugar en Berna, Suiza, en 1965. Fue un agente, Fritz Hirschi, el que localizó la huella de una oreja y la procesó como prueba del caso. Al menos, eso es lo que cuenta el verdadero especialista en otogramas: el holandés Cor van der Lugt, autor del manual Identificación a través de la oreja, quien, sin embargo, no pudo lograr la condena de David Kunze, su caso más mediático.
El juicio contra David Kunze se abrió en 1997. Un tribunal de Vancouver, en el estado de Washington, oficiaba el caso El Estado contra David Kunz, acusado de asesinar, el 16 de diciembre de 1994, a James McCann, ciudadano americano de 44 años y agredir con intención de matar a su hijo Tyler, de 13 años.
Según la acusación, el sospechoso entró en esa fecha, en pleno día, en casa de los McCann y sorprendió al padre en su dormitorio golpeándole con un objeto contundente en la cabeza, rompiéndole el cráneo y causándole la muerte instantánea. Después, golpeó también al hijo, pero este solo sufrió una fractura leve en el cráneo que no alcanzó al cerebro, pudiendo salvar la vida. El intruso se llevó de la casa un televisor, un video y dos altavoces. Tyler, medio recuperado del golpe, pudo arrastrarse hasta el garaje y salir por él a la calle, donde fue visto por un vecino que pasaba por allí y que avisó a la policía.
La policía comenzó su labor y, en el procesado de la vivienda, un técnico de Inspecciones oculares del Laboratorio Criminalístico de Washington, George Millar, descubre, en la puerta de la habitación de James McCann, la huella parcial de una oreja. Cuidadosamente, aplicó el revelador y fijó la huella a un acetato para poder llevarla al laboratorio.
Tras el interrogatorio al hijo de McCann, los investigadores comenzaron a sospechar de un tal David Kunze. Este hombre había estado casado con Diana James entre 1976 y abril de ese año de 1994. Cuatro días antes de producirse la agresión a los McCann, Diana había comunicado a Kunze que James y ella estaban juntos y que planeaban casarse.
Kunze se mostró colaborativo con la policía desde el primero momento y permitió que registraran, con su consentimiento y sin necesidad de orden judicial, su casa, su coche, su lancha y una caja de seguridad que tenía en el banco. Los agentes no encontraron nada sospechoso. Kunze reconoció que la noticia de que Diana se iba a casar con otro hombre le molestó, pero de ahí a querer matar a alguien había un abismo.
El 28 de marzo de 1995, los agentes de criminalística estaban revisando las pruebas y uno de ellos, Michael Grubb reparó en la huella de la oreja encontrada en la puerta del cuarto de James McCann y, mirando fotografías del sospechoso, comentó que podría pertenecer a este hombre. Así que la policía decidió tomar muestras de la oreja de Kunze para compararlas con su otograma.
Los encargados fueron los agentes de la científica que se habían interesado en la huella, su descubridor, George Millar, y el agente Grubb. Ninguno lo había hecho antes. Tomaron hasta siete muestras diferentes teniendo en cuenta tres tipos de presión diferentes: suave, media y fuerte. Después, Grubb comparó el otograma obtenido en la escena del crimen con los que habían procesado del propio Kunze -Miller se abstuvo reconociendo que eso excedía sus conocimientos, pero Grubb siguió adelante. El agente concluyó en su informe que “David Kunze es la fuente más probable de la huella de oreja que fue obtenida de la puerta de la habitación donde se produjo el asesinato”.
El caso estaba armado: tenían el móvil, tenían la evidencia de que Kunze había estado en esa casa, así que en junio de 1996 detuvieron a Kunze y un año más tarde se inició el juicio, en el que Grubb refrendó que su análisis mostraba coincidencias significativas entre la oreja de Kunze y la huella obtenida en el escenario del crimen.
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| Tribunal de Vancouver en el Estado de Washington |
El defensor se centró, precisamente, en contrarrestar el peso de la prueba lofoscópica y, para ello, atacó esa prueba a dos bandas: por un lado, hizo notar la escasa experiencia del agente Grubb y, por otra, contrató como peritos a los dos mayores especialistas mundiales en la materia: Alfred V. Iannarelli, considerado la mayor eminencia en otoscopía y el holandés Cor Van der Lugt. El primero no llegó a testificar (no hemos conseguido saber por qué, tal vez la defensa no lo consideró conveniente), por lo que el peso de hacer caer la prueba recayó en Van der Lugt. Pero el abogado no debió calcular bien las consecuencias.
Van der Lugt comenzó detallando que la huella era parcial, mostraba solo el antihélix o parte interior de la oreja, el canto de la oreja (hélix), el trago y el antitrago, que son dos partes de la parte baja de la oreja. Tras la descripción, reconoció algunas similitudes que, en efecto, existían entre la oreja de Kunze y la huella obtenida por la policía, aunque, subrayó, también había diferencias.
Sin embargo, minimizó estas diferencias al asegurar que “la huella de la oreja nunca coincide al ciento por ciento con la oreja real, pues se trata de un objeto en tres dimensiones mientras que el otograma solo tiene dos. Al aplastar la oreja contra un objeto, se produce cierta distorsión a la cual eran perfectamente atribuibles las pequeñas diferencias apreciadas. Su declaración fue, poco a poco, avanzando en el sentido contrario a las pretensiones del letrado que le había convocado y acabó afirmando que la oreja de Kunze se correspondía con la huella encontrada en la puerta de McCann.
Consecuentemente, Kunze fue declarado culpable y condenado a cadena perpetua por un jurado popular.
Recurso
Pero el caso no termina ahí. Kunze pudo contratar los servicios de uno de los mejores bufetes de Vancouver y recurrió la sentencia.
Esta vez, el defensor, John Henry Browne, se centró en demostrar que la prueba de otoscopía no estaba universalmente admitida entre la comunidad científica y presentó en su favor el “test Frye”, que debe su nombre a la sentencia del Tribunal Supremo de los estados Unidos cuando en el caso de 1928 Frye vs. Estados Unidos, estableció que “la novedad científica, el conocimiento técnico u otro conocimiento especializado” solo puede ser admitido como prueba si hay un acuerdo general entre la comunidad científica y nunca si hay una disputa en torno a ello. El abogado se cuidó de acompañar esta argumentación con un escrito de doce miembros reconocidos de la comunidad científica que no consideraban probado el método de otoscopía como prueba válida para la identificación de una persona y reforzó su defensa aludiendo a que el FBI no realizaba este tipo de pruebas.
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| El abogado John Henry Browne |
Así, se logró la repetición del juicio en marzo de 2001. Otras evidencias fueron sumándose en la intervención del fiscal: había varios testigos que situaban al acusado en la zona el día del asesinato, pero sin la fiabilidad de la prueba otoscópica no se logró la condena y Kunze salió en libertad.
Uno de los testimonios de los expertos que aportó la defensa fue fundamental para tumbar la prueba: el de Peter J. Van Koppen, investigador del instituto Holandés para el Cumplimiento de la Ley y el Orden, que presentó un informe probando que no se habían realizado investigaciones suficientes sobre, por ejemplo, la forma del lóbulo de los holandeses, de manera que no podía saberse si determinada forma correspondía al 10% de la población o al 80%.
Acicate para van der Lugt
El propio Van der Lugt tuvo que reconocer que el informe de su colega holandés, estaba en lo cierto y detectaba deficiencias en la capacidad de la prueba para ser aceptada correctamente por la comunidad científica.
A partir de ese juicio, de hecho: dos cosas cambiaron en la historia de la otoscopía forense:
· -- Por un lado, la desconfianza y la sospecha de pseudo-ciencia caló entre los científicos y ya no volvieron a ver la otoscopía como una prueba forense de identificación fiable. La mayoría de los expertos, hoy, desconfían de ella en gran medida.
· -- Por otra parte, el fracaso sirvió a Van der Lugt como acicate para llevar a cabo una investigación mucho más amplia y concienzuda. Comenzó a desarrollar el proyecto FEARID (Forensic Ear Identification), financiado por la Unión Europea a principios de los años 2000, con el objetivo de estandarizar los sistemas, herramientas y bases de datos para validar científicamente los otogramas ante los tribunales.
El objetivo principal del programa fue estandarizar y validar el uso de las huellas de oreja (otogramas) encontradas en las escenas del crimen como evidencia científica válida para identificar a sospechosos. Para ello, se desarrolló un software capaz de clasificar pares de huellas como "coincidentes" o "no coincidentes" mediante algoritmos que segmentaban imágenes de las orejas basándose en contornos y puntos anatómicos específicos aportados por antropólogos.
El programa experimentó con más de 1.229 donantes de tres países europeos entre 2002 y 2005, recolectando tres huellas diferentes por cada oreja, con tres presiones diferentes.
El FEARID llegó a probar que, en condiciones de laboratorio, el sistema demostró una tasa de error equivalente (EER) de tan solo el 4% y, en búsquedas de bases de datos de referencia, logró colocar la coincidencia correcta dentro del top 0.1% en el 90% de los casos. Al comparar huellas levantadas en escenas reales con impresiones controladas, el margen de error subió a un 9%, lo cual, aún así, puede considerarse un gran dato (un 91% de cribado positivo)
A pesar de este caso, Van der Lugt llegó a investigar y declarar en 200 casos con pruebas otoscópicas.
Los otogramas en Reino Unido
Por las mismas fechas en que se producía el caso Kunze, en los 90’s, también se producían otros casos, con resultados diferentes de los del caso Kunze.
Dorothy Wood, una anciana de 84 años, vivía tranquila y sola en su casa del 32 de Withby Avenue en el condado de West York, al norte de Inglaterra, cuando el 7 de mayo de 1996 un hombre, Mark Dallagher, de 25 años, entraba en su casa forzando una ventana y la asfixiaba con una almohada. Aunque intentó fabricarse una coartada con su novia, esta se había tomado unas pastillas para dormir, lo cual puso en duda su testimonio. La huella de la oreja de Dallagher encontrada en la ventana de la anciana fue decisiva en el juicio contra él.
Los otogramas en España
En España, la primera identificación en España por huella de oreja tuvo lugar en Santander. Dos agentes de la policía científica, Rosewarne y García Rodríguez, lograron desmantelar una banda de trece rumanos que había cometido varios robos de pisos. La huella de la oreja de uno de los componentes fue decisiva para el caso.
Pero la primera sentencia condenatoria tuvo lugar en 2001. Jaime Millán Ruiz, colombiano, de 31 años, fue condenado en la sala de lo penal nº1 de la Audiencia Provincial de Palencia. Se le acusaba de entrar, el 15 de diciembre de 2000 (a un día para que se cumplieran 6 años exactos desde los hechos del caso Kunze), en una vivienda de la plaza Cervantes. Había entrado en la vivienda, probablemente en compañía de otros dos hombres, rompiendo la puerta, cuando no había nadie en la casa, para robar varias joyas y relojes de oro, por valor de 250.000 pesetas.
La policía se encontró con unos ladrones con “conciencia forense”. No había ni una sola huella en la vivienda, nada que pudiera ayudar a resolver el delito. Hasta que al agente Miguel Ángel del Diego se le ocurrió pensar en el caso de Santander, que conocía porque los investigadores eran conocidos suyos, puesto que el agente había servido antes en Cantabria. Y, en efecto, tuvo suerte: uno de los larones había dejado su huella de oreja en una puerta.
Poco después, Del Diego se enteró que habían capturado a tres colombianos por robar pisos en Valladolid y a otros tres en Medina del Campo, dos localidades muy cercanas a Pamplona. Primero probó con los de Medina, pero no coincidía la huella con las orejas de los detenidos, así que probo con los de Valladolid y… ¡Bingo! Uno de ellos coincidía perfectamente con la huella que había obtenido de la puerta de la vivienda robada. Al parecer, los delincuentes vigilaban la casa, luego se aseguraban de que estuviera vacía tocando al telefonillo y, finalmente, hacían una última comprobación escuchando a través de la puerta. Era su modus operandi habitual. Luego, echaban abajo la puerta y saqueaban lo que encontraban.
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| Manual escrito por el experto español Miguel Ángel del Diego |
En este caso, la abogada de la defensa trató de desacreditar la prueba alegando que no existía jurisprudencia acerca de ningún caso así e intentando invalidar las fotografías que se obtuvieron del revelado de la huella (aquí solo se fotografió) al constatar que habían sido manipuladas, al escribir con rotulador sobre ellas. Pero la acusación probó que la cadena de custodia no había sido rota en ningún momento y que estas manipulaciones estaban documentadas y habían sido realizadas por los peritos. E incluso intentó que se viese la toma de muestras de la oreja de su defendido como una violación de su intimidad.
Pero la jueza consideró, esta vez, que, dado que Jaime Millán no se había opuesto a la obtención de la huella no había violación de intimidad ninguna y, aunque no hubiera jurisprudencia sobre el método otoscópico y no pudiera considerarse una prueba, había quedado suficientemente de mostrado su valor como indicio, que venía a sumarse a otros, como el hecho de que Millán y los otros dos detenidos habían sido sorprendidos durante la comisión un robo en la misma fecha del anterior y a escasos kilómetros y utilizando el mismo modus operandi que el caso en el que se encontró el otograma. Por tanto, era un indicio más que era digno de tener en cuenta, ya que lo que sí quedaba probado es que la huella de oreja coincidía con la del acusado.
Desde entonces, la policía de Pamplona guarda más de 500 registros de orejas en sus archivos.
No es la única comisaría que tiene en cuenta esta prueba. Tanto a Pamplona como a los expertos de Santander han acudido policías de Vigo, de Orense o de Madrid y de otras provincias para ser asesorados en casos donde se ha encontrado huella de oreja.
En cuanto a Cataluña, los mossos detuvieron en Balaguer, una población de Lleida, en julio de 2001, a otra banda de colombianos por el mismo método y están convencidos de que funciona. Desde entonces han realizado un archivo de otogramas y ya cuentan con una base de datos de más de 200 orejas. Están tan convencidos, que incluso tienen registradas 7 parejas de gemelos idénticos univitelinos y aseguran que las huellas de sus orejas muestran una gran diferencia entre ellos, por lo que están seguros de que cada uno de nosotros tiene una huella de oreja única.





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